Uruguay vive
la situación social y económica más grave que
le ha tocado enfrentar en más de un siglo. Las causas de esta
crisis se vinculan directamente con decisiones gubernamentales, tanto
del pasado próximo como del lejano, que nos condujeron a un
presente signado por la miseria creciente y la decreciente capacidad
productiva. Sólo un gran esfuerzo nacional – similar
al que se encara ante una guerra o una catástrofe natural –
podrá evitar que el panorama se agrave, en cuyo caso los más
infelices serán los más perjudicados.
Nuestra Universidad,
que es de la República y para la República entera, tiene
en esta instancia una enorme responsabilidad. Por vocación
tradicional y mandato legal, explicitado en el artículo segundo
de su Ley Orgánica, le corresponde contribuir a la solución
de los grandes problemas nacionales. Debe pues interpretar correctamente
las prioridades del presente, para estar a la altura de las luchas
universitarias del pasado, contribuyendo a forjar un futuro menos
oscuro que el que hoy se cierne sobre el país.
En este momento,
se ha propuesto que los gremios universitarios entren en huelga. Con
serenidad, respetando las opiniones ajenas y las resoluciones de todos
los organismos gremiales, sentimos la obligación de manifestar
con claridad nuestra opinión: en las condiciones actuales,
estamos completamente
en desacuerdo con la realización de una huelga universitaria.
Una medida de
semejante envergadura tiene que tener objetivos claramente establecidos
y viables; debe ser precedida de un análisis de sus posibilidades
de éxito, de sus consecuencias más generales y de su
impacto en la opinión ciudadana. Creemos que una reflexión
al respecto muestra claramente que, en las actuales condiciones, se
trata de una opción errónea.No
nos extenderemos, sin embargo, en un análisis de tipo estratégico
o táctico, pues estamos convencidos de que existen motivaciones
de índole superior por las cuales los universitarios no deben
ir hoy a la huelga. El desempleo abierto o encubierto cunde y amenaza
a la mayoría de las familias uruguayas; aún quienes
tienen su empleo relativamente garantizado, como los
funcionarios públicos, han visto disminuidos sus salarios y
no pueden afrontar la caída de ingresos que para casi todos
los trabajadores supone la huelga. Ignoramos si algún otro
sindicato de empleados estatales proyecta adoptar semejante medida.
Pensamos que no se justifica una huelga, con consignas más
bien genéricas y la expectativa de seguir cobrando los salarios,
cuando el hambre lisa y llana es un rasgo característico del
panorama nacional.
Los esfuerzos
y las movilizaciones deben ir por otros caminos. Debemos colaborar
a hacer realidad la propuesta del PIT-CNT, que convoca a un gran entendimiento
nacional para proteger a los más carenciados, reactivar las
capacidades productivas y revertir la decadencia del país.
Ello no podrá lograrse fácilmente, y menos aún
en el corto plazo. Ante todo, hay que evitar que el país, literalmente,
deje de funcionar.
La vigorosa y
entusiasta movilización en defensa del Hospital de Clínicas
marca rumbos. Se debe luchar para mantener abiertos los servicios
universitarios. Por ese camino vamos al encuentro de las mayorías
ciudadanas y podemos obtener ciertos éxitos que ayuden a los
más débiles y revivan las esperanzas.
A los órdenes
universitarios, la República nos ha confiado el cogobierno
democrático de su Universidad. Tenemos pues la obligación
de poner los recursos y las capacidades de nuestra institución
al servicio de las grandes tareas de la hora: ayudar a los más
desmunidos, buscar alternativas de avance, tejer la trama de una gran
convergencia social para sacar al Uruguay del borde del abismo y ofrecer
posibilidades de futuro a su gente.
En instancias
dramáticas del pasado, la Universidad supo representar al país,
como baluarte de las libertades y promotora de soluciones. Hoy debe
comprometer sus mayores esfuerzos para preservar la salud de la población,
poner sus conocimientos al servicio de la reactivación productiva,
mantener las labores de extensión, enseñar pese a todas
las dificultades, ofrecer perspectivas a los jóvenes que oscilan
entre la desesperanza y la emigración.
Por todo ello,
en especial, es preciso ampliar nuestra capacidad de convocatoria
y diálogo con la ciudadanía, para al mismo tiempo enfrentar
un proyecto de Rendición de Cuentas que daña gravemente
a la enseñanza pública y va a contramano de las urgencias
de la hora. Contra ese proyecto errado, estamos y seguiremos estando
en conflicto.
En la mejor tradición
de la Reforma Universitaria latinoamericana, lo que debe primar es
el compromiso social de la institución. Esa obligación
tiene que inspirar nuevas ideas, mejores esfuerzos y grandes movilizaciones.
Hoy más que nunca, necesitamos una UNIVERSIDAD ABIERTA, CON
TODOS SUS SERVICIOS Y EQUIPOS FUNCIONANDO AL MÁXIMO DE SUS
POSIBILIDADES, AL SERVICIO DE LA REPÚBLICA.
Montevideo, 31
de Julio de 2002