ORGANIZACIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS
PARA LA EDUCACIÓN, LA CIENCIA Y LA CULTURA

Discurso del
Profesor Federico Mayor

Director General de la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura
(UNESCO)


con motivo de la
Conferencia Regional sobre Políticas y Estrategias para la
Transformación de la Educación Superior en América Latina

La Habana, Cuba 22 de noviembre de 1996


«Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria... Los hombres han de vivir en el goce natural e inevitable de la libertad, como viven en el goce del aire y la luz... (y) ser culto es el único modo de ser libre».
José Martí
Revista «La América», Nueva York, mayo de 1884


Señor Presidente Fidel Castro Ruiz, con profundo reconocimiento por honrar a esta Conferencia con su presencia,
Señores Ministros,
Señores Rectores,
Queridos colegas,
Señoras y señores:

      Estas ideas del Apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, aparecen en un hermoso texto dedicado a la formación docente, publicado en Nueva York hace más de un siglo. Con su fina intuición de maestro, Martí comprendió la importancia decisiva de la educación y la formación integral de la juventud para asegurar el porvenir de las nuevas repúblicas americanas. En incontables ocasiones se refirió al tema, pero ahora sólo quisiera evocar las palabras con las que ensalzó la enseñanza científica, que entonces apenas comenzaba a incorporarse a los planes de estudio: «Esta educación directa y sana; esta aplicación de la inteligencia que inquiere a la naturaleza que responde; este empleo sereno de la mente en la investigación (es lo que) quisiéramos para todos los países nuevos de América».

      La preocupación por la educación y la cultura, no sólo en la isla, sino en el marco más amplio del mundo iberoamericano, ha sido característica definitoria de todo un linaje de maestros cubanos, que comienza con el presbítero Félix Varela e incluye nombres tan ilustres como José de la Luz y Caballero, Rafael María de Mendive -preceptor de Martí- y el filósofo Enrique José Varona. Por eso me complace particularmente que La Habana haya acogido, con su proverbial hospitalidad, esta conferencia sobre «Políticas y Estrategias para la Transformación de la Educación Superior en América Latina», preparatoria de la Conferencia Mundial de Educación Superior que la UNESCO ha convocado para 1998, y que puede ser -deber ser- el germen de una de las profundas transformaciones que son imprescindibles en este simbólico fin de siglo y de milenio, si queremos de verdad ofrecer a las generaciones que vienen a un paso de la nuestra un mundo más justo, más libre, más pacífico y más luminoso. La Habana es el punto de partida del proceso de movilización, reflexión y compromiso, que puede conducir a este cambio esencial. Y todo viaje depende del primer paso, que le imprime dirección e impulso. Por eso esta Conferencia es tan relevante.

      La calidad de los trabajos presentados en este encuentro -más de ciento- y la profundidad de los diagnósticos y las posibles soluciones incluidas en la Declaración Final, constituyen un aporte de gran valor para esta tarea. El potencial de talento y entusiasmo con que cuenta Latinoamérica es enorme; y a pesar de las muchas dificultades a las que tiene que enfrentarse, el continente de «lo real maravilloso» guarda incólume un patrimonio de esperanza, una «memoria del futuro», que es la mejor herramienta para construir sociedades libres, prósperas y equitativas.

      Como Uds. bien saben, los objetivos de la Educación Superior -que es, en lo sustantivo, la enseñanza universitaria- pueden resumirse en unos pocos conceptos, que encierran un mundo de gran complejidad: formar ciudadanos responsables y comprometidos; proporcionar los profesionales que la sociedad necesita, desarrollar la investigación científica y técnica; conservar y transmitir la cultura, enriqueciéndola con el aporte creador de cada generación; actuar como memoria del pasado y atalaya del futuro; y constituir una instancia crítica y neutral, basada en el rigor y el mérito, que puede ser, por todo ello, vanguardia, a todas las escalas, de la «solidaridad intelectual y moral» que la Constitución de la UNESCO nos ofrece como fórmula magistral para esta renovación de hondo calado humano que hoy es perentoria, crucial, inaplazable.

      Aunque estrechamente relacionados con la vida política, económica y social, estos cometidos universitarios tienen perfil propio. Son un conjunto de actividades más vinculadas a la ética y las convicciones, que al utilitarismo y la inmediatez anejos a otros ámbitos de la existencia. Por eso me gusta repetir que la educación superior es esencialmente de contenido pre-político o, si me permiten el neologismo, pol-ético.

      Esta dimensión ética de la labor universitaria cobra especial relieve ahora, en esta época de rápidas transformaciones que afectan a casi todos los órdenes de la vida individual y colectiva, y que amenazan con borrar los puntos de referencia, con deshacer los asideros morales imprescindibles para construir el porvenir. Ante la celeridad y el carácter negativo de algunas de estas tendencias, la Universidad ha de erigirse en baluarte de los valores esenciales del espíritu y en gran animadora de un movimiento ético, que procure a la inteligencia el sentido de la solidaridad y el compromiso.

      Maestros, profesores y dirigentes políticos tienen, pues, una doble responsabilidad, derivada del caudal de saberes que poseen y de su conexión estratégica con los sectores clave del desarrollo y la transformación socioeconómica.Pero, para saber hacia dónde vamos, es preciso fijarse puntos de mira muy elevados.Como nos recuerdan los versos de uno de los heterónimos de Fernando Pessoa: «La luna brilla por igual en el mar y en los pequeños charcos, porque está suficientemente alta».

      Pero la brújula no se ve en la oscuridad. Nada puede hacerse sin un contexto de paz y de justicia. La paz es un pre-requisito, una premisa. Por eso, la gran «conspiración ética» que propongo incansablemente se basa en una movilización contra la violencia y sus causas profundas: la miseria, la ignorancia, la injusticia, la tiranía. Porque la paz es el vértice de un «triángulo interactivo», formado además por el desarrollo y la democracia, condición fundamental de la libertad y la igualdad. La Historia ha demostrado suficientemente, a un elevadísimo precio de vidas y sufrimiento, que libertad e igualdad no pueden darse por separado ni de modo excluyente. En 1981, se hundió un sistema basado en la igualdad pero que se había olvidado de la libertad. Ahora presenciamos la zozobra del sistema contrario. Ha olvidado la igualdad. Tendrá que rescatarla rápidamente. Y la condición sine qua non para este rescate es el sentimiento -hondo, firme, cotidiano- de fraternidad que ambos sistemas dejaron olvidado en el punto de partida. No: ningún derecho se puede ejercer en medio de la guerra; ningún esfuerzo de transformación socioeconómica dará fruto en situaciones de conflicto; del mismo modo, es sumamente difícil garantizar la paz y la gobernabilidad democrática en ausencia de progreso -económico, científico, tecnológico- compartido. Sólo el desarrollo endógeno y respetuoso del medio ambiente -el desarrollo con rostro humano- proporciona la base sobre la que es posible forjar una cultura de paz. La paz, como la libertad, como el amor, no es un don. Es un quehacer personal, intransferible. Las respuestas no están fuera. Están dentro de cada ser humano.

Señoras y señores:

      Los «nudos gordianos» de nuestra época son de todos conocidos : la exclusión y la discriminación, con pretextos étnicos, culturales o ideológicos; la miseria urbana y la decadencia de las zonas rurales; las emigraciones masivas; el despilfarro de los recursos del planeta y el deterioro del medio ambiente; las nuevas pandemias como el sida y las antiguas que cobran renovada virulencia, como la tuberculosis o el paludismo, así como las afecciones neurológicas provocadas por priones; el tráfico de armas, de drogas y de «dinero negro»; las asimetrías sociales, la violencia, la violación de los derechos humanos. Según la leyenda clásica, Alejandro Magno tajó con la espada el «nudo gordiano» que le daría el imperio sobre Asia. Los de nuestra época, en cambio, debemos cortarlos de manera tajante, pero pacífica, ¡con la palabra y no con la espada! La palabra es la fuerza de los parlamentos: establezcamos canales de información y cooperación con ellos y así nos aseguraremos de que los representantes del pueblo serán los adalides de la educación, incluida la universitaria. La complejidad del mundo contemporáneo no permite formular soluciones sencillas para estos problemas de extraordinaria amplitud. Un planeta de 6000 millones de habitantes, que viven en una «interdependencia dispar» cada vez mayor, no admite el análisis reduccionista que pretendía hasta hace poco buscar una causa única de todos los males y, una vez identificada ésta, conseguir el remedio mágico -una suerte de bálsamo de Fierabrás- que curaría de golpe todas las aflicciones. En cambio, sí es posible concebir un conjunto de medidas parciales, cuya aplicación tendría un efecto decisivo sobre esta gama de problemas que acabo de enunciar. Grosso modo, esas soluciones se sitúan alrededor de un eje común, compartir mejor, y atañen a la gobernabilidad democrática; la educación y la ciencia; la cultura, el desarrollo duradero; y la construcción de la paz. De ahí que la acción de la UNESCO -basada en unos ideales hoy más necesarios que nunca, maravillosamente referidos en la Constitución- se sitúe en el eje mismo de la problemática mundial.

      Ideales democráticos, no modelos de fabricación ajena. Principios universales, incorporados a cada cultura, a cada situación cultural. La extensión reciente de «democracias llave en mano» a países que nunca habían conocido gobiernos designados por voluntad popular, ha puesto de relieve los peligros que amenazan al sistema democrático cuando se aplica precipitadamente, sin que exista justicia y seguridad. No basta con proclamar el «imperio de la ley»; las leyes han de ser justas; y para ello es necesaria la libertad de expresión. Para que las leyes justas se apliquen con diligencia es preciso, a su vez, seguridad suficiente. Con frecuencia se transita desde la seguridad total y libertad nula a la libertad total y seguridad nula. Los principios democráticos requieren además, para una cabal puesta en práctica, participación popular. Y para poder participar, es necesario saber: «la educación -dijo Bolívar- es la clave de la libertad». En ausencia de un desarrollo educativo, cultural y socioeconómico adecuado, la participación ciudadana en la toma de decisiones resulta simbólica o inexistente, y las instituciones democráticas pierden su sentido hasta quedar degradadas a mera representación formal. Para conseguir una democracia auténtica, es preciso, pues, que los órganos de gobierno garanticen a todos por igual la libertad, la seguridad y el amparo jurídico. El respeto de los derechos humanos -en especial, de las minorías- y el funcionamiento eficaz de la justicia son los pilares de la gobernabilidad democrática.

Señoras y señores:

      La promesa que los países industrializados formularon en 1974, en el marco de las Naciones Unidas, de dedicar el 0,7 % de su Producto Nacional Bruto a la ayuda para el desarrollo de sus vecinos menos afortunados generó grandes esperanzas de superar la miseria ancestral en las regiones más pobres del planeta. Desde entonces, las desigualdades han seguido agravándose, incluso en los países donde el crecimiento económico ha sido mayor. El Informe sobre Desarrollo Humano que las Naciones Unidas publicaron en 1996 confirma esta tendencia con abundancia de datos macro y microeconómicos. En 70 países de Asia, África y América Latina o el Este de Europa, los ingresos medios de la población son hoy inferiores a los de 1980. A finales de 1996, el 20% de la población mundial dispone del 85% de la riqueza del planeta.

      Esta situación demuestra, entre otras cosas, que no hemos sabido cumplir esa promesa de ayuda a los países menos desarrollados, proclamada hace más de 20 años. Les hemos impuesto una normas draconianas para la financiación del desarrollo. Les hemos impuesto también nuestros esquemas políticos, constitucionales, educativos y culturales, sin tener en cuenta la especificidad de cada pueblo y cada cultura. Resulta evidente que no se puede poner como condición para la ayuda al desarrollo lo que es consecuencia del mismo: la democracia; los valores y las pautas de conducta que propician la convivencia, el pluralismo y la participación cívica. Estas características no pueden ser el fruto de la pobreza, la frustración, la ignorancia y la soledad.

      En el último cuarto de siglo, los países en vías de desarrollo han visto disminuir el apoyo externo y la relevancia de sus asociaciones regionales o mundiales. Pero, en el camino, han aprendido algo esencial : que su fruto dependerá de sí mismos y que no deben aceptar requisitos ni condiciones para la ayuda exterior que no concuerden con sus propios diseños de futuro.

      La asimetría vigente no sólo amenaza a los países más pobres: la interdependencia y la planetarización de las corrientes y tendencias han unificado el mundo en que vivimos hasta el punto de que ningún conflicto, ningún peligro, ninguna injusticia, nos han de resultar ajenos. Como en el verso de John Donne, no cabe preguntarse por quién doblan las campanas... Las campanas están doblando por todos y cada uno de nosotros. No es posible que en un continente haya que pagar a los campesinos para arrancar los cultivos y evitar así el exceso de producción, mientras que en otro no lejano haya pueblos enteros que padecen hambre, sed y epidemias; o que persistan las barreras a la información y el conocimiento, mientras circula libremente por las redes electrónicas el "dinero negro", producto del tráfico de drogas -que matan, que matan a miles de jóvenes, que les desvencija el alma, que les anula; la droga es una guerra sórdida, terrible, que está minando la dignidad global de la humanidad-; tráfico de armamentos, que matan y que sirven para matar indiscriminadamente o tráfico de personas, que mueren aunque no mueran.

      Para solucionar estos problemas es menester llevar a cabo una profunda reforma. El humanitarismo es, en el mejor de los casos, tan sólo un paliativo, que no alcanza a eliminar las causas de la injusticia y la desigualdad. A la situación intolerable de los «niños de la calle», que malviven inhalando disolventes hasta caer abatidos por algún «escuadrón de la muerte», o a la explotación laboral o sexual de los menores, no pueden aplicárseles soluciones caritativas. La opinión pública ha visto aliviada cómo se superaban, hace algunos años, las últimas modalidades del apartheid racial -gracias, en buena medida, a la lucidez y el tesón de Nelson Mandela-; pero persiste un apartheid social que pone en peligro nuestro futuro colectivo, ya que no puede haber paz mientras millones de personas vivan en condiciones infrahumanas. Incluso en los países más adelantados, la realidad empieza a corroborar el juicio pesimista de Paul Valéry : «el futuro ya no es lo que era». No se trata sólo de un asunto moral, sino también de la certeza práctica, fácilmente verificable, de que no podremos dar respuesta efectiva a muchas de esas amenazas si no contamos con el suficiente clamor popular que promueva medidas innovadoras, audaces y creativas.

      Hoy no basta con seguir analizando los males de nuestra época, harto conocidos ya. El tratamiento a tiempo es la razón del diagnóstico. En muchos aspectos -sociales, económicos, de medio ambiente- estamos reiterando los diagnósticos, estamos haciendo informes y más informes, porque no nos atrevemos a aplicar las medidas correctas, los tratamientos adecuados, cada día más urgentes. Y así, para nuestro infortunio y para nuestra vergüenza, se llega a veces, por no utilizar el buen diagnóstico, a conocer el perfecto : la autopsia. Como lo demuestran los casos de Rwanda-Zaire-Burundi, o como lo demostró el de Bosnia-Herzegovina, hay que estar preparados para actuar cuanto antes. A fin de cuentas, el riesgo sin conocimiento es peligroso, pero el conocimiento sin riesgo es inútil. Y sobre todo, hay que anticiparse a las tendencias negativas que ensombrecen el porvenir. La indispensable tarea de previsión y prevención a la que estamos abocados viene a ser un esfuerzo de inversión en lo que podríamos denominar intangibles sociales. Un empeño callado -casi siempre invisible- de modular los valores, los usos y las creencias, que constituyen el único medio de forjar un mundo más libre y más solidario, donde pueda alcanzarse el desarrollo pleno y armónico de las personas y de los pueblos.

      Los desafíos de la contemporaneidad exigen respuestas globales y emancipadoras de la sociedad en su conjunto (civil, militar, religiosa). Al igual que las asimetrías en la distribución de las riquezas y los conocimientos, las asimetrías de género también deben corregirse. Vivimos en un mundo androcéntrico y esta discriminación es quizá más nociva para los países pobres, por sus consecuencias sobre la educación y la demografía. Somos los varones los que ocupamos el 95 por ciento de los cargos de Gobierno y 90 por ciento de los escaños parlamentarios. ¿Cómo puede ir bien el mundo si se desoye la voz de casi la mitad de la Tierra? La participación de todos en las decisiones que fijen el rumbo de la sociedad, se convierte así en una de las claves para afrontar los retos del futuro inmediato. No hay ciudadanía cabal sin participación efectiva en todos los ámbitos de la vida política de una nación. «Participo, luego existo», ha de ser la fórmula cartesiana de la ciudadanía moderna. Si no participo, no existo como ciudadano. Me cuentan, pero no cuento. Soy objeto de censos y leyes, no sujeto de deberes y derechos.

      El siglo XXI alborea bajo el signo dual de la democracia y la complejidad. No hay soluciones simples -repito- para los complejos problemas de nuestra época. No se pueden ofrecer a los decisores, aunque sea con la mejor buena voluntad, percepciones simplificadas de la realidad compleja. Globalidad, complejidad e irreversibilidad son a mi criterio las tres grandes pautas que deben guiarnos en la forja de esa conciencia planetaria que hoy constituye ya la única base firme para asegurar un porvenir -¡ un por-hacer !- más luminoso a nuestros hijos.

Señoras y señores:

      Los fundadores de las Naciones Unidas supieron anticiparse a muchas de las tendencias negativas que hoy nos amenazan. Así la Constitución de la UNESCO advierte que los cometidos de justicia, paz y libertad que la Organización se ha fijado,no pueden, y cito textualmente, "fundarse exclusivamente en acuerdos políticos y económicos entre gobiernos", sino que exigen "la solidaridad intelectual y moral de la humanidad". Las instancias e instituciones que deberían -superando el día a día, las encuestas de opinión y la miopía del corto plazo- trazar los grandes rasgos conducentes a un futuro más justo, pacífico y libre, no parecen en este fin de siglo y de milenio tener las convicciones, la fe y la pasión o la compasión de quienes al final de la última guerra fundaron las Naciones Unidas, organizaron el Plan Marshall y redactaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. ¿A qué se debe este silencio de los líderes, de los intelectuales? Las élites culturales y políticas, ¿no pueden ofrecer propuestas imaginativas para hacer frente a la situación del mundo? ¿No pueden o no quieren? ¿Es que sin darse cuenta están pasando de sujetos responsables a objetos de la macroeconomía y de la macropolítica? ¿O es que, como indicaba antes, buscamos fuera respuestas que sólo hallaremos en nosotros mismos?

      Las naciones industrializadas tratan de comprar las materias primas que necesitan a bajo precio -materias primas producidas con frecuencia en lejanos países, en condiciones laborales y retributivas escandalosas- y vender sus productos manufacturados lo más caro posible, al tiempo que erigen barreras proteccionistas que convierten los llamados mercados «libres» en cautivos. Esta «ley de hierro del mercado» genera una espiral de paro, empobrecimiento y tráfico ilícito, que termina por socavar tanto a quienes la aplican como a los que la padecen.

      Nuestra guía deben ser los ideales, no los intereses. Las leyes justas, no las del mercado. El rigor del razonamiento económico, excelente si se aplica al ámbito de los negocios, no puede convertirse en ortodoxia que juzgue y decida sobre el resto de la vida colectiva. Hoy en día, la ortodoxia económica de ámbito mundial, atenta sólo a los índices macroeconómicos, desdeña la existencia cotidiana de los ciudadanos y amenaza con agravar las tensiones sociales y propiciar el descontento popular. La privatización indiscriminada, que ha sido el corolario del auge neoliberal, no garantiza por sí sola la mejor distribución de la riqueza. El dinero, en vez de afluir a las arcas del Estado, se acumula con frecuencia en manos de los bancos y las grandes empresas multinacionales. Por definición, estos intereses sectoriales no representan a la sociedad en su conjunto. Sólo los poderes estatales, elegidos democráticamente por la mayoría de los ciudadanos y supervisados por un sistema judicial independiente y eficaz, son capaces de orientar el desarrollo en beneficio de todos.

Señoras y señores:

      Con el propósito de hacer frente a los retos que plantea la educación para el siglo próximo y contribuir de este modo a la creación de una Universidad abierta, integradora, dinámica y diversificada, que sea un motor de desarrollo integral, la UNESCO constituyó en 1993 una Comisión independiente presidida por el que fuera Presidente de la Comisión Europea, el Señor Jacques Delors. En su informe final, este equipo de prestigiosos educadores ha destacado cuatro pilares como base de la labor docente: aprender a ser, aprender a conocer, aprender a hacer y aprender a convivir. A mí me gusta añadir una tarea que considero de especial relevancia en estos años: aprender a emprender. Porque la dinámica de nuestra época exige que los graduados universitarios -que han tenido el privilegio de recibir la mejor educación, en las mejores instalaciones del país- contribuyan a la creación de empleo y al bienestar de los demás. !Sapere aude! Al «atrévete a saber» horaciano, hay que añadir ahora el saber atreverse, aprender a emprender, atreverse a arriesgarse.

      Las soluciones propuestas en el informe, como las aprobadas en esta Conferencia, refuerzan y complementan la estrategia trazada en los acuerdos de Educación Para Todos, aprobados en las conferencias de Jomtien (1990) y Nueva Delhi (1993), los principios del programa Aprender Sin Fronteras y las iniciativas transdisciplinarias de la UNESCO, como el proyecto de Educación e Información sobre Medio Ambiente y Población para el Desarrollo. La creación de redes informáticas que faciliten la transferencia de datos y saberes, el intercambio de profesores y alumnos entre el Norte y el Sur, y la promoción de la cooperación internacional en la investigación científica y la docencia, son otras tantas contribuciones de la Organización a esta tarea.

      La UNESCO considera que la aplicación de las innovaciones científicas será de particular importancia para hacer frente a los retos de la uniformización cultural, así como a los medioambientales, sociales, laborales y económicos que ya se perfilan en el horizonte del siglo próximo. La revolución de las comunicaciones, que transforma casi a diario la vida de millones de personas en todo el planeta, contribuye a dar mayor relieve a algunos de los desafíos básicos de la contemporaneidad. Las nuevas tecnologías encierran un potencial didáctico enorme, ya que nos permitirán, sin duda, alcanzar a aquellas personas que, ya fuera por razón de edad, de ingreso o de ubicación geográfica, habían quedado hasta ahora al margen de los sistemas docentes tradicionales.

Señoras y señores:

      Para lograr todos estos objetivos, es menester que el sistema universitario cumpla unos requisitos básicos, sin los cuales no es posible siquiera concebir una transformación de tan amplio espectro. Primero, la Universidad debe ser una institución basada en el mérito, como señala el artículo 26.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos : «Todos tendrán acceso a la enseñanza superior en función de sus méritos». La calidad académica no se logra con profesores que adquieren prematuramente un puesto vitalicio; la seguridad de la cátedra puede ser un factor positivo, siempre y cuando el aspirante acredite primero el mérito que le asiste. La misma razón de mérito se aplica a los estudiantes. Todos pueden tener acceso, a lo largo de toda la vida, en función de sus méritos. La Universidad como privilegio de los ya privilegiados; como elitización de las élites ya establecidas, debe dar paso a un ámbito intelectual al que todos los ciudadanos puedan acceder para su formación y actualización. A los jóvenes concierne recordarlo, ya que no se disfruta lo que no se ha anhelado previamente, y que todos somos pasajeros de la misma nave, con un destino común... Leonardo Da Vinci dijo «no busquen su destino, sino el destino... Sólo así asegurarán también del suyo.

      Luego, la Universidad ha de ser autónoma, pero dispuesta en todo momento a rendir cuentas a la sociedad a la que sirve; debe asimismo ser una atalaya atenta al futuro, capaz de anticiparse a las tendencias negativas y ofrecer soluciones a los poderes públicos. Sólo con este enfoque preventivo lograremos transformar la Universidad en un centro dinámico, que contribuya a hacer realidad el ideal de la educación permanente para todos. La puesta en vigor de una efectiva democratización de la enseñanza, es requisito indispensable para lograr esa participación de toda la ciudadanía en la vida política y social, a la que antes me refería. Educación por todos, para todos, a lo largo de toda la vida. El sector empresarial es un aliado fundamental de la enseñanza superior. «Aprender a aprender», ya no se aplica al nivel terciario. Aquí se viene a «aprender a emprender», a generar empleo, no a reclamarlo a la Administración. Garante de los principios democráticos para la vida cotidiana de todos los ciudadanos, la Universidad no debe en cambio aplicar principios de representación política a la vida académica, en la que sólo debe prevalecer la calidad: la fórmula de la glucosa no se decide por votación.

      En tercer lugar, la Universidad ha de contribuir tanto a preservar el legado de las generaciones precedentes como a forjar el porvenir. La cultura y la naturaleza, lo mismo que las formas intangibles del patrimonio -tradiciones, ritos, fiestas y costumbres-; pero también, como he mencionado al principio, el patrimonio genético y, sobre todo, el patrimonio ético. Este último, el patrimonio ético, adquiere cada vez mayor relevancia porque los valores que dejemos a las generaciones venideras determinarán la arquitectura del mundo de mañana. Esta exigencia de conservar el legado del pasado y aumentarlo, es una de las formas de inventar, de reinventar, de construir cada día el futuro.

      El «triángulo interactivo» que forman la paz, la democracia y el desarrollo, esbozado en mi intervención, sólo es efectivo cuando lleva por eje la educación, y cuando está animado por la solidaridad, la prevención y el sentimiento de justicia. A medida que nuestra sociedad planetaria crece en número y complejidad, los vínculos entre la necesidad de compartir, la posibilidad de participar y la capacidad de prevenir resultan cada día más evidentes. Pero estos vínculos sólo serán fructíferos si somos capaces de forjar una Universidad abierta y dinámica, donde la educación se lleve a cabo mediante el único método eficaz: la pedagogía del amor y del ejemplo. No hayotra pedagogía. Como nos recuerda el verso de José Martí: «Sólo el amor engendra melodías».

Señor Presidente, Don Fidel Castro,

      Gracias por haber acogido en Cuba esta Conferencia. Gracias por venir a presidir la sesíón de clausura. Deseo que los frutos de este gran momento alcancen a todas las mujeres y todos los hombres de América Latina y el Caribe, y a todo el pueblo cubano, en primer término. Este pueblo que no merece -los pueblos nunca lo merecen, porque todos los niños son nuestros hijos- el bloqueo. Ningún pueblo lo merece.

      Nuestro mundo tan lleno de conflictos y tan pletórico de recursos, necesita cada vez más de la rebeldía pacífica, creativa, que sólo los padres y los maestros pueden inculcar en la infancia y la juventud. Nada podemos esperar de los satisfechos, de los saciados, de los dóciles. La indocilidad es parte esencial de esa «conjura ética», a la que quiero invitar a todos ustedes. En la insumisión no violenta, en la rebeldía cívica del ciudadano consciente de sus deberes y derechos, radica la mejor esperanza de América.

      El reto que plantea la transformación de la educación superior con miras al siglo que ya alborea, basada en el mérito personal y no en el privilegio, exige la cooperación de todos, sin exclusión. Del talento y el entusiasmo que pongamos en esta obra capital, dependerá que un día podamos mirar limpiamente a los ojos de nuestros hijos. Porque habremos contribuido a edificar para ellos un mundo más justo y más libre; porque habremos vivido -como advierte el verso de Salvador Espriu- «para salvarles las palabras», para preservar la dignidad y el porvenir de todos los seres humanos.


Ubicación: http://www.rau.edu.uy/rau/docs/mayor.htm
Tomado de la páginas Oficiales de Unesco: http://unesdoc.unesco.org/ulis/dgsp.html
en fecha mayo de 1999.
Retorna a la página de la RAU

Retorna a la página principal


web@seciu.edu.uy