| Aporte a la comprensión del: | Red Académica Uruguaya |
El tema que vamos a desarrollar es tan importante como ambicioso
y supone una perspectiva de análisis histórico generalmente
descuidada. El integrar la historia uruguaya en la historia de la comarca
nos impone en efecto "andar con botas de siete leguas" sobre
períodos y procesos complejos, pero nos suministra al mismo tiempo
un marco interpretativo extremadamente útil para comprender al Uruguay
actual y sus problemas.
Nuestro plan de exposición se proyecta sobre los siguientes
aspectos del problema abordado:
a) en primer lugar, señalaremos algunos puntos de partida que consideramos
especialmente significativos para una consideración adecuada del
tema del Uruguay y su integración a la región;
b) a continuación, presentaremos en forma sumaria una recorrida
de nuestra historia destacando ciertos mojones y coyunturas señaladas
en torno a diversos aspectos de la integración;
c) finalmente, terminaremos abriendo el debate en torno a algunos problemas
del momento más actual.
ALGUNOS PUNTOS DE PARTIDA
Uno puede decir sin temor a equivocarse o exagerar que el
Uruguay ha sido un país que a lo largo de su historia ha estado
obsesionado por el "afuera" del mundo y la región. En
realidad no pudo haber sido de otra manera: si tenemos en cuenta los itinerarios
de su historia social, si reparamos en su configuración demográfica,
en el proceso de construcción de su cultura, en las modalidades
colectivas de encarar la política o de incorporarse a los debates
del mundo, difícilmente podamos contradecir esa percepción.
El "afuera" ha sido para los uruguayos, como ha dicho Francisco
Panizza, una "imagen constitutiva" y una "mirada constituyente".
El mundo y la región, en efecto, han constituido una
y otra vez una referencia de comparación, pero también han
sido concebidos y percibidos colectivamente como un lugar desde donde se
nos mira y se nos "constituye" (en toda mirada hay un proceso
de constitución del que mira).
En suma, el de los uruguayos ha sido históricamente un "adentro"
muy interpenetrado por el "afuera", en donde las fronteras entre
una y otra dimensión resultan borrosas. Desde el período
de la última Colonia hasta el proceso de la revolución, con
la constitución del Uruguay como país independiente, nos
resolvió esa tensión, lo que vino a confirmarse plenamente
en las décadas siguientes. Podría decirse incluso que en
algún sentido esa tensión atraviesa como un eje fundamental
toda la historia uruguaya y llega hasta este presente del Mercosur.
Esa tensión que podríamos llamar constituyente
de nuestra experiencia colectiva ha proyectado y proyecta varios dilemas.
Uno de ellos tiene que ver con los destinos prioritarios del impulso integrador:
con los vecinos o más directamente con el mundo noroccidental. En
este sentido, más de una vez en la historia uruguaya se ha planteado
el proyecto de "entrar en el mundo salteándonos a los vecinos".
No hace mucho pudimos escuchar a una conocida figura de la política
uruguaya que señalaba que era "mejor tener amigos ricos y lejanos
que familiares pobres y cercanos". Esa idea y la concepción
integradora que sustenta no es entonces para nada nueva sino que forma
parte de uno de los debates históricos del desarrollo nacional.
Otro punto de partida para repensar el tema de la integración
tiene que ver con la asunción plena de la condición del "país
frontera". La frontera es siempre lo que separa y al mismo tiempo
lo que une. Es por definición un terreno de ambigüedades, una
zona de intercambio múltiple y un ámbito un tanto difuso.
La frontera en este sentido no es el límite sino bastante más
que ello. Un país frontera tiene que autopercibirse como tal, con
todo lo que eso implica. En clave histórica, el Uruguay también
ha asumido retiradamente esta noción cuando se ha repensado en una
dialéctica integradora con sus gigantescos vecinos. Más de
una estrategia de su política exterior ha encontrado en estas ideas
una fuente de inspiración.
La pequeñez y consiguiente insuficiencia de la variable del mercado
interno refuerza otro punto de partida para pensar el problema de la integración
entre nosotros: el Uruguay debe volcar su economía en una orientación
exportadora, depende profundamente de su inserción en los mercados
regionales y mundiales. En términos económicos, el "adentro"
no puede constituirse en un factor central de dinamización de nuestra
economía, imponiéndose también por esta vía
la comunicación con el "afuera".
También en nuestra evolución demográfica
encontramos más de un impulso integrador. Hemos sido en buena medida
una sociedad aluvional que se fue conformando a medida que llegaba el extranjero,
que ha sido el gran factor definidor de nuestra evolución social
durante el siglo XIX y parte del XX. Desde hace casi un siglo y sobre todo
en las décadas más recientes, el Uruguay ha constituido también
un país de emigración, con una orientación histórica
dirigida -aunque no exclusivamente- a la región. Esto no sólo
ha sido un dato demográfico sino que ha arraigado como una referencia
central de nuestra cultura y de nuestra identidad nacional.
Durante una buena parte de su historia los uruguayos se han autorrepresentado
como una isla europea en América Latina. En la misma dirección
se han ufanado de no tener indígenas, presentándose como
una sociedad de raza blanca y matriz homogénea y eurocéntrica.
Una sociedad también es lo que cree ser y la nuestra ha cultivado
en forma mayoritaria el mito de nuestra descendencia exclusiva "de
los hombres que bajaron de los barcos", subvalorando y menospreciando
otras fuentes raciales y culturales como la del negro o la del indio.
Distintos puntos de partida nos orientan en suma hacia una
suerte de imperativo integrador. El Uruguay "ensimismado", autárquico,
que quiere "refugiarse" en su "adentro" siempre ha
sido un imposible y hoy lo es más que nunca. Eso hoy no parece estar
en discusión. Lo que sí debemos debatir es como integrarnos
al mundo, cómo establecemos una nueva relación entre "afueras"
y "adentros" de fronteras cada vez más borrosas. En torno
a estas cuestiones, que hoy vuelven a tener una centralidad importante
con toda la discusión del Mercosur, la mirada histórica puede
aportar más de un insumo relevante.
Desde estos puntos de partida registremos algunos mojones de nuestra trayectoria histórica de "larga duración". Ya algo hemos dicho de esa tensión entre autonomía e integración que ya resulta visible en nuestra "Colonia débil y tardía", como la llamara Carlos Real de Azúa. Refiriéndose a este período, Reyes Abadie, Bruschera y Melogno han dicho que la nuestra era una "banda pradera-frontera y puerto".
Esa triple ecuación fundamental se proyecta a lo largo de toda
la historia del país. Sin embargo, si hubiera que destacar de esas
tres dimensiones una definitoria habría que optar tal vez por la
frontera. De la banda al "país frontera" como zona de
litigio, de indeterminación, de encrucijada comercial y cultural,
que alimenta el trasiego y el contrabando no sólo de mercancías.
Esa condición fronteriza, como hemos dicho, marca también
uno de los ejes fundamentales del período revolucionario. El historiador
inglés John Lynch ha dicho que hubo dos revoluciones en la región:
una revolución en el Río de la Plata y una contra el Río
de la Plata. La revolución oriental, sobre todo durante su primera
etapa artiguista, se ubicó claramente en esa segunda alternativa.
Uno de sus aspectos centrales fue el que ubicó a los orientales
del lado de la defensa de la "soberanía particular de los pueblos"
contra la vocación absorbente de las ciudades-puerto. La pugna entre
federalismo y centralismo o unitarismo tiene que ver directamente con la
confrontación entre distintas concepciones en torno a las modalidades
de autonomía o integración de la comarca. No en balde esa
fue una de las contradicciones centrales de toda la revolución en
la región. La lucha entre federales y unitarios fue entonces algo
mucho más hondo que una controversia sobre modelos distintos de
organización política, involucrando por el contrario dos
concepciones fuertemente antagónicas respecto a cómo pensar
la revolución y el desarrollo del futuro.
Aquí estamos aludiendo sin duda al "alma"
del llamado proyecto artiguista, que podríamos sintetizar como "patria
chica" en "patria grande". No era sólo patria grande
sino también identidad local, lugareña, dentro de una comarca
más grande, no solo en lo político sino además en
lo económico. La emergencia del "Uruguay solitario", como
fruto de un proceso que todos ustedes conocen, marca sin duda el fracaso
rotundo de ese proyecto de integración federal, de esa "resolución"
equilibrada de la tensión entre autonomía e integración
regional.
Durante las primeras décadas de vida independiente el
Uruguay y sus vecinos participan de una historia que básicamente
es común. Durante ese largo proceso que vincula la revolución
independentista, la "Guerra Grande" y la "Guerra del Paraguay",
el escenario por excelencia no es otro que la región. El "estado
uruguayo" resulta en esta etapa una gran entelequia, los grandes conflictos
se dirimen en el territorio de la región. No existen fronteras,
ni jurídicas (no las preveía la Constitución de 1830),
ni políticas (los bandos se asocian con los grupos "argentinos"
y riograndenses), ni económicas (el gran negocio era llamado "comercio
de tránsito").
Por otra parte, el Uruguay participa en estos momentos junto con otros
países de América Latina de un proceso de no integración
al mercado mundial, en lo que Tulio Halperin Donghi ha llamado el período
de la "larga espera".
La integración al mundo resultaba bastante más
complicada que lo que suponían los miembros de las elites de gobierno
de los países latinoamericanos en los momentos inmediatamente posteriores
a la independencia. Su gran expectativa por los logros que "naturalmente"
vendrían con la apertura mercantil demostraron ser ingenuos. Hubo
que esperar varias décadas para que la "utopía"
de la integración de los mercados mundiales se verificara de modo
efectivo. de algún modo podemos decir que fue recién durante
las últimas décadas del siglo XIX cuando la mayoría
de los países latinoamericanos encuentra un lugar en el mercado
capitalista mundial, al conjugarse un cúmulo de condiciones externas
e internas que posibilitaron los primeros procesos de modernización
capitalista en la región.
¿Cómo se produce ese ingreso a la órbita
capitalista? En la mayoría de los casos por la vía de la
implantación de modelos claramente dependientes de los centros hegemónicos
del mundo noroccidental, comandados entonces por Inglaterra. Esos modelos
supusieron una suerte de inscripción de estos países en la
dialéctica de comprar productos manufacturados y vender materias
primas. En el caso uruguayo y rioplatense en general, el modelo triunfante
fue básicamente agroexportador.
Fue esa una integración hacia el mercado capitalista
mundial que además de consolidar marcos de dependencia, en particular
con la city londinense, limitó las posibilidades de integración
del Uruguay hacia la región. La "primera" integración
al mundo no parecía discurrir en la misma pista que la integración
con la región, todo lo que no podía dejar de tener profundas
implicaciones de diversa índole (no sólo económicas
sino también culturales).
Allí se dibujaba uno de los núcleos fundamentales de la
pugna entre distintos modelos modernizadores. De un lado se levantaba el
programa de una modernización imitadora sin restricciones de los
grandes modelos modernizadores de Europa; del otro el intento de obtener
una base de desarrollo en la propia matriz nacional y regional, para desde
allí establecer una relación más exigente y dialéctica
con las experiencias "civilizatorias" transatlánticas.
Al mundo desde la región o al mundo salteándose la región,
bien podrían ser los términos extremos del dilema, que por
supuesto admitía soluciones intermedias.
Estos temas eran de debate hacia los finales del siglo XIX,
sobre todo a partir de la gran crisis de 1890 y sus señales incontrastables
respecto a las insuficiencias del modelo agroexportador y su estrategia
de involucramiento subordinado en las dinámicas económicas
y financieras del mercado capitalista mundial. Esa gran crisis financiera
y económica, iniciada no casualmente en la city londinnense, rápidamente
se proyectó hacia las zonas marginales, golpeando sus economías
y poniendo al desnudo la gran fragilidad de esa primera integración
al mundo.
Moreira decía hace un rato y yo lo comparto plenamente
que las crisis pueden ser también grandes oportunidades, que no
hay que tener una percepción fatalista de las crisis. Los uruguayos
de fines del siglo XIX y comienzos del XX vivieron su crisis como una gran
crisis prospectiva. La sociedad uruguaya en su conjunto, desde las más
diversas tiendas ideológicas, vivió esa coyuntura decisiva
como una invitación a repensar el país y su futuro, lo que
entre otras cosas pasaba por rediscutir los caminos de la integración,
una vez más en esa doble pista del mundo y de la región.
Comenzaba sin dudas para el país un tiempo de utopías
y proyectos, de profundos conflictos pero también de la forja de
síntesis creadoras. En ese marco una vez más reapareció
el debate sobre la integración y sus modelos. La consolidación
del Uruguay moderno supuso en más de un sentido la reafirmación
de una pauta de modernización "hacia afuera", aunque también
permitió el estrechamiento de ciertos vínculos con la región
y la concreción de una inserción bastante flexible y plural
en los mercados capitalistas.
Si bien, como han dicho Barrán y Nahum, este fue sin duda un
período de "prosperidad frágil", en particular
por nuestra dependencia respecto de las oscilaciones del comercio exterior,
también fue una coyuntura en la que se profundizaron acercamientos
económicos y de otra índole con los vecinos. Fue un período,
por ejemplo, de confirmación del "país de servicios",
con una oferta turística hacia la Argentina y una propuesta de intermediación
comercial dirigida prioritariamente -aunque no exclusivamente- hacia la
región riograndense. Como ha estudiado y anotado el historiador
Raúl Jacob, la construcción del llamado "modelo batllista"
no fue para nada ajena a estos temas.
El "Uruguay moderno" -que resultó de una fragua
colectiva y conflictiva y que no fue, como a veces se dice, la creatura
exclusiva del batllismo- nació en medio de los debates sobre las
virtudes y defectos de distintos modelos de integración del "adentro"
y "el afuera". Durante muchas décadas, a partir incluso
de finales del siglo XIX, se discutieron temas como la construcción
de un puerto de aguas profundas en la costa oceánica de Rocha, las
modalidades de articulación económico-comercial de la cuenca
del Plata o la posibilidad de combinar venta de servicios con esquemas
productivos orientados al agro o a la industria. Las coyunturas de crisis
como la de 1929 permitieron avizorar al mismo tiempo la necesidad de integraciones
múltiples y no unívocas con nuestro "afuera".
Más allá de los modelos en pugna, las distintas
coyunturas por las que atravesó el Uruguay en los últimos
50 años parecen reforzar la convicción de que el destino
nacional ha prosperado mucho más con la pluralidad que con las apuestas
dogmáticas. Como país pequeño, sometido además
a la presión de dos vecinos gigantescos, el Uruguay ha encontrado
sus mejores momentos cuando mantuvo el equilibrio pendular con Argentina
o Brasil, cuando ensayó modalidades de inserción flexible
y dialéctica con los mercados mundiales y cuando puso en marcha
esquemas de desarrollo plurales. Al mismo tiempo, el país también
supo aprovechar coyunturas internacionales favorables.
Sin embargo, la historia de este último medio siglo también
es pródiga en ejemplos contrarios y en falta de audacia y de creatividad
a la hora de impulsar estrategias renovadoras.
Esto último se puso especialmente de manifiesto cuando,
a mediados de la década del 50, el mundo cambió radicalmente
para nuestros intereses y tornó inviable nuestro modelo clásico
de desarrollo, en particular en lo que se refiere a su pauta de inserción
internacional. Desde entonces, a la sociedad uruguaya le ha costado enormemente
darse cuenta de que después de ese cambio radical de los parámetros
tradicionales de nuestra relación con el mundo, cualquier programa
restauracionista sustentado en la nostalgia del "país de las
vacas gordas" no tiene ninguna chance de futuro. Para ejemplificar
esta transformación y su hondura se podría remitir a múltiples
indicadores y procesos de estas últimas décadas. Para citar
un ejemplo especialmente significativo, observemos las modificaciones muy
relevantes que se han dado en las cifras de nuestro comercio exterior,
especialmente después del shock petrolero y de la agudización
de las condiciones de inserción internacional del país, al
inicio mismo del período dictatorial (1973-1974).
A partir de entonces resulta por demás visible una dependencia
creciente de nuestras exportaciones e importaciones respecto a los países
de la región. El primer mundo se nos vuelve más lejano, comienza
a darse un período de "desenganche" de las economías
centrales con las economías de los países subdesarrollados,
para las que el primer problema pasa a ser la marginación.
En contrapartida, comenzamos a asociarnos más radicalmente con
la región, comenzamos a profundizar a niveles inéditos nuestros
ya tradicionales vínculos con los vecinos en los aspectos más
diversos: económico-comercial, demográfico, político,
cultural. En esta dirección se podría llegar a decir que
el Mercosur, que las disposiciones de Tratado
de Asunción, son en buena medida el corolario de un proceso
que tiene una trayectoria antigua pero que se ha terminado de consolidar
con estas transformaciones radicales de los últimos 20 años.
Veamos algunas cifras que testimonian este cambio al que hacemos
referencia. Si nosotros tomamos el destino de las exportaciones uruguayas
hacia 1960, tenemos que el 14,9% de las mismas estaban orientadas al Reino
Unido, el 76% a la Comunidad Económica Europea (incluyendo el Reino
Unido), el 11,2% hacia Estados Unidos y apenas un 10% estaba radicado en
la región.
25 años después, en 1985, al Reino Unido solo
va el 4,2% de nuestro exportaciones, a toda Europa va el 26,9%, a Estados
Unidos el 15,2% y las exportaciones a la región se han acrecentado
hasta el 24,2%.
En el momento en que se firma el Tratado de Asunción, este 24,2%
de las exportaciones se ha incrementado a casi un 45%. Cabe agregar que
esa situación marca un contraste visible respecto a lo que en el
mismo momento presentan nuestros vecinos: el Brasil sólo tiene un
3% y la Argentina algo más del 10 o 12% de su comercio exterior
radicado en la región.
Si tomamos el tema del origen de las importaciones el proceso
resultaba bastante similar. Sabemos por ejemplo que en 1960 las importaciones
de origen británico eran el 7% mientras que en 1985 constituían
apenas el 2,5%; las importaciones vinculadas con el total de los países
europeos hacia 1960 eran el 41,9% mientras que en 1985 habían decrecido
a menos de la mitad, eran un 20%; de EE.UU. importábamos en 1960
el 19,6%, mientras que en 1985 un 8,2%. Por último, de Argentina
y Brasil solamente en 1975 importamos más del 30% y hay datos sólo
aproximados y problemáticas que tenderían a cifras menores
en 1960.
Todo esto quiere decir que no sólo en términos de exportaciones
sino también de origen de nuestras importaciones, en las últimas
décadas nuestra economía se ha venido asociando radicalmente
con la región. El mundo nos ha impuesto una nueva realidad que entre
otras cosas se asocia con un país que depende muchísimo más
de sus vecinos y acá estamos utilizando solamente una variable que
es la comercial. Pensemos en el tema de los servicios y la orientación
del proceso no podría menos que profundizarse.
Los perfiles que nos revelan esa creciente integración
con la región a partir de lo ocurrido en distintos campos en este
pasado reciente son en verdad múltiples. Presentamos algunas de
las cifras del comercio exterior, anotamos simplemente el tópico
de los servicios, podríamos aludir a la problemática demográfica
y a muchas otras. Nuestro anudamiento con la región se asocia a
su vez con un fenómeno mundial que muchos han definido como la configuración
de un nuevo "orden de archipiélagos". Casi diríamos
que esa es la manera de vivir en este mundo de finales de siglo.
Luego de esta rápida recorrida histórica, establezcamos
al final algunos núcleos que tienen que ver con la historia y los
debates más contemporáneos. Reiteremos por ejemplo, que si
hay un camino irrescatable ese es el de la autarquía. Si el Uruguay
nunca pudo ser un país ensimismado, si nunca pudo pensar únicamente
hacia adentro, mucho menos lo puede intentar hoy. Estamos viviendo un proceso
de globalización vertiginosa, la revolución científico-tecnológica
y la transnacionalización económica llevan a que los gobiernos
nacionales pierdan capacidad decisoria y se reduzca su posibilidad de acción.
El "Uruguay solitario" ya no puede sustentar nuestro imaginario
colectivo, necesitamos un nuevo "horizonte de futuro" que nos
permita -sin negarnos- nuevos encuentros, nuevas vías de integración
con la región y con el mundo.
Pero si el ensimismamiento es un "camino muerto",
la apertura acrítica, sin restricciones ni negociación exigente
no parece ser tampoco la orientación más adecuada. La experiencia
comparada indica que el esquema facilongo de "abramos las ventanas
de par en par para que el mundo se meta en nuestra casa", con la idea
de que ese mundo "naturalmente" nos va a arreglar la casa, supone
una estrategia para el desastre. Esa es la base -como vivimos- de un modelo
de modernización que no tiene nada de novedoso y cuyos dividendos
en el pasado no han sido demasiado grandiosos.
Esa misma experiencia comparada, que tanto se invoca para respaldar
estrategias de apertura irrestricta y modelos de modernización imitativa,
parece demostrar en cambio que los procesos de integración regional
exitosos (sobre todo aquellos que involucran a pequeños países)
sólo son exitosos cuando se establecen desde una pauta de negociación
e interlocución selectiva. El mero proyecto de subsumirnos sin más
en un esquema de globalización, el emblema simplista de "seamos
ciudadanos del mundo" o "metámonos sin escalas ni demoras
en el primer mundo", son generalmente el camino más largo y
costoso para no llegar a ninguna parte.
Si estos dos extremos -el ensimismamiento o la apertura irrestricta
y sin mediaciones- son igualmente inconducentes, si estas dos opciones
comienzan a ser cada vez más desmentidas en función de la
experiencia comparada, la cuestión vuelve a estar radicada en el
como se proyecta y se procesa la integración con el "afuera".
En el marco de esa discusión abierta es que hay que revelarse contra
ciertos fatalismos que suponen "destinos ineluctables" o que
establecen a priori que en todo proceso de integración entre naciones
asimétricas, los países pequeños están destinados
a la exclusión o al fracaso. También respecto a esto la experiencia
comparada dice cosas muy distintas.
Mas aún, el ser un pequeño país puede
dar oportunidades, claro está que si las sabe aprovechar. Y precisamente
una manera de aprovechar las oportunidades pasa por saber negociar en la
medida de lo posible la integración "desde el adentro".
Establecer una dialéctica exigente, rica entre el "adentro"
y el "afuera", entre lo local y lo nacional y supranacional,
entre lo micro y lo macro. Como veremos, en todo esto también tienen
mucho que ver los temas de la identidad y de las matrices culturales. Seguramente
que un país pequeño que acepte en forma acrítica las
pautas de modernización que le vienen de afuera tendrá dificultades
para encontrar el desarrollo. Sin establecer una negociación que
tenga que ver con su identidad, con su matriz cultural, con su sociedad,
con su modalidad de encarar el cambio, los países pequeños
no prosperan.
Entonces como decía aquel libro de Methol que ya tiene
más de 25 años, el Uruguay vuelve a ser problema y vuelve
a ser problema por su relación con el mundo, tal vez con requerimientos
inéditos en la peripecia histórica uruguaya. Todos tenemos
como un vicio el decir que estamos viviendo un momento desafiante, un desafío
inédito.
Los uruguayos muchas veces empezamos nuestras reflexiones con esa premisa
medio dramática. Sin embargo, hoy habría que cambiar la propuesta
y decir que el Uruguay tal vez nunca tuvo que enfrentarse con un mundo
tan cambiante, en el que las preguntas envejecen tan rápido que
las respuestas tienen siempre sentido de hipótesis y de aproximación
prácticamente irreductible.
Ese mundo de vértigo en el que nos ha tocado vivir nos
invita entonces a renovar los debates y a encarar con nuevas ideas todos
estos temas tan centrales en nuestra experiencia colectiva. Como ocurrió
en el Uruguay de hace 100 años, sólo en la pluralidad de
voces y con la tramitación responsable y creativa de estos temas
podremos construir nuestro futuro.
documento elaborado por : Gerardo Caetano
Presentado al Primer Seminario de Reflexiones sobre el Proyecto de Construcción de un Puente entre Colonia y Buenos Aires : "Un puente para dos orillas: los previsibles impactos territoriales" realizado en la ciudad de Nueva Helvecia, Colonia (Uruguay) en el año 1993.
e-mail: gcaetano@seciu.edu.uyVersión de: Julio de 1998
Ubicación: http://www.rau.edu.uy/mercosur/caetano.htm